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LA ESPADA JAPONESA EN LA ERA CONTEMPORÁNEA 1º Parte
A finales del siglo XIX la introducción de la cultura occidental en Japón resultaba imparable. Debe señalarse que las grandes contribuciones de la dinastía Tokugawa son la cohesión social de la sociedad japonesa durante un periodo de relativa paz, así como un notable impulso movimiento nacionalista en la literatura e historia local. Sin embargo, estos fueron los elementos determinantes en la reivindicación por un número cada vez mayor de japoneses de la restauración del poder imperial y la abolición del shogunado. Los importantes disturbios ocasionados por los “motines del arroz” (1837) o la amenaza del Almirante norteamericano M.C. Perrin de bombardear Edo (Tokyo) si Japón no abría su comercio a Occidente no fueron sino los detonantes que aceleraron el derrumbamiento de una estructura feudal; estos cambios supusieron la apertura de los puertos a los barcos extranjeros y provocaron la destrucción del poder de los señores feudales (daimyo).-
La creciente debilidad del sistema instó al último shogun, Tokugawa Yoshinobu, a dimitir (año 1867) y devolver el poder absoluto de la Nación en manos del Emperador (Tenno). Se produce entonces la Restauración o Período Meiji (1868-1912) cuya principal consecuencia es la creciente modernización del país y la apertura a Occidente. El conjunto de reformas previstas cristalizó finalmente en la promulgación de la Constitución Meiji (1889) que convirtió al Japón en una Monarquía Constitucional. Este texto suponía un revulsivo para las arcaicas estructuras sociales todavía ancladas en la época feudal. En lo militar, por ejemplo, se produjo una reorganización de las Fuerzas Armadas, en cuya comandancia en jefe se situaba el Emperador Meiji a través de un sistema de jerarquías y mandos de gran similitud con las potencias occidentales.- La situación de las armas y de los espaderos fue sustancialmente diferente. La decadencia de la casta militar y los constantes disturbios civiles afectaron notablemente a la visión por parte de la ciudadanía de estas antiguas disciplinas. La casta de los buke sufrió una separación cada vez mayor entre los líderes de alto rango y sus subordinados; esto hacía inviable que un guerrero medio pudiera acceder a puestos superiores en la jerarquía del clan, accesibles sólo a unos pocos privilegiados (kuge) miembros de la corte imperial.- Las luchas internas, las camarillas y los grupos de poder dentro de la corte fomentaron una cultura de constante tensión en la que los subordinados corrían con la peor parte. A lo largo de los siglos XVIII y XIX los samurai se debatían entre el respeto y el odio de aquellos que padecían sus acciones. Se hacía cada vez más evidente la precaria posición de estos guerreros como meros peones, como instrumentos brutales de poder manipulados por unos amos despóticos y ambiciosos. Con el paso de los años la posición del samurai se fue desprestigiando cada vez más, dando paso a un grave problema social.- En efecto, una de las consecuencias de la Era Tokugawa fue la disolución de muchos feudos y la férrea centralización del poder en Edo. Dada la peculiar estructura social japonesa en aquella época, todo samurai o bushi que perdía a su amo (militar o políticamente, por cuestión de guerra o de honor) adquiría automáticamente la condición de ronin. Las crónicas de la época llegaron a censar alrededor de 400.000 ronin de toda clase y condición, “una siniestra figura de terror” de guerreros que debían mantenerse por sí mismos en una sociedad rígida y estratificada. Ciertamente la mayoría de estos ronin no suponían un gran peligro (6), pero había muchos que, si no encontraban trabajo como guardaespaldas o como protectores de ciudades, se limitaban a errar de pueblo en pueblo para ganarse la vida.- Tal fue el temor de los Tokugawa hacia estos sujetos (que con acostumbrada frecuencia eran guerreros resentidos de sus antiguos amos y de los enemigos de éstos), que existían planes específicos para mantenerlos bajo estrecha vigilancia. Pero las cosas no eran tan sencillas; durante el siglo XVIII proliferaron los ataques de grupos organizados, que cada vez eran más difíciles de controlar. En el año 1638, un levantamiento provocado por los campesinos de Arima y Amakusa y alentado por un considerable número de estos guerreros errantes supuso una de las más graves crisis del Shogunado. Esta insurrección (conocida como Rebelión de Shimabara) precisó para su aplastamiento de 50.00 fuerzas leales al Gobierno (bakufu) y de la intervención de varios buques de guerra holandeses.- Con estos antecedentes, la restauración Meiji tuvo que tomar decisiones drásticas. En el año 1876 se aprobó un Edicto Imperial (Hito-rei), por el cual se prohibía el uso de espadas a todo guerrero, limitando su uso a las fuerzas policiales y militares autorizadas. Esta decisión supuso un golpe mortal a la industria de la fabricación de espadas en el país y la prueba irrefutable que la vieja sociedad medieval debía desaparecer. No obstante, y pese a la conmoción inicial de la norma, la fabricación de espadas no podía quedar relegada al olvido. En el año 1906 el Emperador nombró a dos renombrados maestros espaderos como Artesanos Imperiales con el objeto de asegurar la pervivencia de la tecnología tradicional en la fabricación y forjado de espadas. Se trató de un detalle meramente folclórico, puesto que la industria espadera se vio desmantelada en su mayor parte (cuando no se vio obligada a reconvertirse para la forja civil, sic).- Pese a las notables restricciones impuestas desde la restauración Meiji, la espada seguía constituyendo un símbolo para todos los japoneses (no olvidemos que uno de los emblemas imperiales, junto con el espejo y las perlas, es precisamente una espada). Se habla así de la Etapa de las espadas modernas o contemporáneas (Gendai-Kindai) que se extiende desde el año 1886 hasta el infausto 1945. Precisamente con ocasión de la II Guerra Mundial la fabricación de espadas recobró parte de su antiguo esplendor. Alentados por el Emperador Hiro-Hito, los japoneses se adentraron en una política expansiva por Corea, Manchuria y las islas del Pacífico y que supuso el mayor despliegue militar desde la guerra ruso-japonesa. Esto conllevó una militarización de la sociedad y, por ende, un resurgimiento de la espada como arma de guerra. Fuente: kenwakai.org |
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