Los mariscos que se consumen con mayor frecuencia pueden dividirse en dos clases: los crustáceos, a los que pertenecen la langosta, el bogavante, el langostino, la gamba, la nécora, el centollo y la cigala, y los moluscos, que comprenden la ostra, la vieira, la navaja, el mejillón, el berberecho, la almeja y el caracol de mar. Los crustáceos destacan por su escasa cantidad de grasas, mientras que los moluscos tienen un 5% de hidratos de carbono y una gran cantidad de colesterol.
Tanto las proteínas de unos como de otros suelen producir alergias en personas sensibles a ellas, por lo cual deberán excluirlos de sus dietas. Pero los moluscos comportan, además, el riesgo de causar la salmonelosis, una infección producida por bacterias del grupo Salmonella. Estas bacterias suelen encontrarse en las aguas próximas a las costas, donde la contaminación es común y donde precisamente acostumbran a criarse los moluscos.
Dada esta posibilidad, es imprescindible asegurarse de que los moluscos que vayan a consumirse, en particular cuando se van a comer crudos, provengan de aguas salubres. De todos modos, es muy recomendable comer los mariscos cocidos con el fin de prevenir la posibilidad de contraer alergias, intoxicaciones e infecciones.
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